Los hombres pensamos a menudo en el Imperio Romano. Es nuestro sino. Pero no solo en el Imperio; Roma no siempre tuvo un emperador. Antes del Imperio, hubo una República. Como tantas otras, destinada a caer irremediablemente a manos de un tirano quimérico. Los patricios siempre estuvieron obsesionados con la idea de que algún mortal resquebrajara el frágil equilibrio político y militar de la civilización occidental más importante del mundo. El cursus honorum no tenía un comienzo definido, pero desde luego si un punto final: se puede llegar a ser el primer hombre de Roma, y nada más.
Desde su fundación a orillas del Tiber, Roma siempre fue una ciudad de reyes. De origen etrusco, pronto se expandió por toda la península de Italia. Suele ocurrir que en algún momento el autócrata pierda el favor de sus súbditos y estos el miedo a derrocarle. El pueblo de Roma expulsó al último rex de una antigua estirpe allá por el año 500 a.C. La ciudad renació con una consigna clara: el pueblo como único soberano de Roma. Ese sentimiento perduraría por siglos, como un gen cultural grabado en las mentes de todos sus habitantes. Roma se convirtió así en un símbolo de poder universal más grande que cualquier hombre.
Cuando Julio César, gobernador de las Galias, cruzó el río Rubicón en el año 49 a. C. acompañado de todo su ejército, inmediatamente incendió las gargantas de todos los senadores de Roma. Traidor. El desprecio a César, ferviente, nunca vino de su alzamiento en armas contra su propia nación, sino más bien de su atrevimiento. La arrogancia de creerse con derecho a gobernar sobre la ciudad ingobernable y renunciar al imaginario colectivo: nadie puede ser más grande que la propia Roma.
De ese momento histórico surge la expresión que conocemos hoy. Cruzar el Rubicón sería algo así como tomar una decisión irrevocable. Enfrentarse a un punto de no retorno, inexorable, conscientemente. Todos nos hemos topado con un Rubicón alguna vez en nuestra vida. Algunos quizás con varios. Cruzar ese río a muchos les cambia la vida y a otros no tanto. Quiero pensar que una vez cruzado, todos nos giramos hacia atrás, como hizo César – alea iacta est – contemplando todo aquello que dejamos atrás y sabedores de lo que nos espera de ahora en adelante.

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