Amanecer en Roma

La luz del mediodía se filtraba por el balcón. Cortinas entreabiertas, sábanas en el suelo. Cabellos esparcidos y cuerpos a la intemperie. El ventilador del techo giraba impasible en su intento por sofocar el calor de verano. La ropa de ambos arrojada entre las sábanas, visible entre los claroscuros pintados sobre la habitación. El ambiente, cargado de emociones por la noche anterior. La ciudad eterna como testigo. Un beso a orillas del Tíber, una botella de vino compartida en las calles de Prati, una mirada deslucida frente a San Pietro. Paseos a medianoche, contemplaciones. El camino de regreso, esotérico. Palabras aprisionadas y recuerdos de experiencias pasadas. Resignación. De vuelta al hotel. Sexo, prisas, agonía y silencio.

A ella le despertó el abrazo cálido de un rayo de sol. Sudando, se giró con cuidado para contemplar a su compañero de cama a su derecha. Entregado a un sueño profundo. Se incorporó sobre un costado y permaneció ahí, contemplativa. Guardó aquel instante junto al resto de sus recuerdos. Ese sería su último viaje juntos. Ambos lo sabían. Incluso él, tan ajeno a veces a aquella herida viciada. Su apatía en momentos de necesidad le inquietaba. ¿Acaso no sufría él? En todo este tiempo, apenas le vio llorar. Tan solo durante el funeral de su padre se fracturó, aunque momentáneamente, su compostura. Nunca se recuperó de aquel día. Aquello les afectó. Mucho. De un día para otro el cariño se tornó frialdad, las caricias amagos y el deseo, olvido. Dos funerales seguidos. Primero el de mi suegro, luego el nuestro, pensó. ¿Y el viaje? Nunca hay que perder la esperanza. El ruido del ventilador le incomodaba. Un mal necesario. Cerró los ojos, se recostó de nuevo y resumió su descanso.

Esta vez fue él, primero en despertar. El bullicio proveniente de la calle le desveló. Miró su reloj acostado sobre la mesita de noche. Tarde. Le daba igual. A su izquierda, ella. De espaldas. Extendió una mano para sentir su piel pero se detuvo a medio camino. Incluso ahí, a centímetros, notaba la distancia. ¿Cómo decirle? Ni siquiera él entendía sus propios sentimientos. El tiempo les había robado lo que el presente una vez les otorgó. No, el tiempo no. La desidia. Podía haber hecho más. Mucho más. Tarde otra vez. Y ahora allí se hallaba él, en la cama junto a una desconocida. Hundió su mirada en el ventilador del techo. Harto de cavilaciones, se incorporó y se vistió con cuidado de no perturbarla. Se aproximó a la puerta. Cogió las llaves y se giró para observarla por última vez. Ella le devolvió la mirada. El silencio le pesó. A ella ya no. Miró hacia el suelo, mueca amarga. Dispuesto a decir algo, pero sus labios permanecieron sellados. Impotente, abrió la puerta y se marchó. Al mismo tiempo, separados por un muro, ambos rompieron a llorar. El ventilador siguió girando.