Sonó el despertador. Abrió los ojos. Nada, tan solo oscuridad. La penumbra invadía por completo su visión. Le escocían los ojos y había dormido poco. Se encontraba aletargado, con las articulaciones entumecidas. Una sensación no del todo desconocida para él. Ciertamente esa noche había bebido, pensó. No recordaba en qué momento la conciencia le abandonó. ¿Cómo regresó a casa? ¿Estaba siquiera en casa? Tumbado, se dio la vuelta sobre la superficie de descanso. ¿De donde venía el ruido? Extendió la mano y alcanzó a tocar algo. Macizo, probablemente madera. La pata de un pequeño mueble junto a él. ¿Una mesilla? Ascendió con su mano siguiendo la geometría hasta llegar a una superficie plana. Nada encima, sin suerte. Siguió palpando, más abajo. Cajones. La melodía seguía su curso mientras él pugnaba por encontrar la fuente. Se incorporó, no sin esfuerzo, y plantó ambos pies sobre el suelo. Frío. Se hallaba desnudo de cintura para arriba. Los vellos del cuerpo, erizados. Apoyó ambos brazos sobre la superficie de su lecho y se irguió recto. El sonido no cesaba. Volvió a alargar el brazo sobre la estructura próxima a él, esta vez con vehemencia. Agarró lo que considero eran tiradores y extrajo uno de los cajones. Sintió el estruendo del resto cayendo al suelo, esparciendo el contenido a su alrededor.
Se agachó y, a ciegas, buscó de entre los restos algún dispositivo sonoro. Tan solo percibió lo que eran varios volúmenes de pequeño grosor, por el delicado tacto del papel en contacto con sus manos. Apilados unos encima de otros, inundaban el suelo. Ayudándose de una mano posada en el suelo, se levantó. ¡Qué dolor de cabeza, maldito ruido! Otra vez el ruido. Repetitivo, pesado, le taladraba los sentidos. Con la percepción anulada, avanzó usando las manos como escudo para protegerse del entorno, con cuidado de no tropezarse con los libros que había desperdigado por el suelo. Alcanzó una pared. La siguió hasta topar con una superficie menos rugosa. Una puerta. Posó su mano sobre el pomo y lo giró. La puerta se abrió, pero la oscuridad permaneció. ¿Qué hora era? Empezó a dudar de si aquello era realmente su casa. Atravesó la puerta desorientado, pues la confusión reinaba ya en su cabeza. Sentía un calor nuevo que le embriagaba. Aquella habitación era un horno, se sentía como si estuviera en una sauna. El aire pesaba y le costaba respirar. Pero tenía que seguir avanzando. Se estaba aproximando al origen de aquel ruido. Cuanto más se acercaba, más fuerte se volvía el timbre. Se sentía extraño. Con nauseas. Lo achacó a la bebida.
Desesperado, siguió avanzando. Por suerte, no topó con ningún obstáculo, pues sus extremidades vagaban torpes por la estancia. Tenía que apagar esa cosa como fuera. Y sin embargo, de pronto, el ruido cesó. Silencio de nuevo. Debió de haberse apagado solo al no haber llegado a tiempo. ¿Qué más da? Aquella pesadilla por fin se había acabado. Se sumergió en la sensación de alivio que recorría todo su cuerpo. Suspiró. Lo había pasado realmente mal y se encontraba tan cansado que solo quería resumir su sueño de nuevo. Giró su cuerpo y se aferró con una mano al marco de la puerta, dispuesto a reemprender la vuelta. Los dedos le temblaban del estrés al que había sido sometido. Hormigueos. El sudor discurría como un caudal por sus piernas. Sudor frío, gélido. Le faltaban las fuerzas y tan solo quería volver a la cama. Se dispuso a resumir la marcha y cruzar la habitación de nuevo. No llegó a poner un pie dentro. Sintió como una fuerza le agarraba de los brazos y un frio punzante le penetró en el cuello. Desprotegido, apenas pudo articular una mueca de dolor. Colapsó sobre sus rodillas y cayó al suelo, perdiendo el conocimiento.
Abrió los ojos. Oyó el ruido del despertador.

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