Londres. Medianoche. Tan solo el keroseno que arde sobre el vidrio como único aliado entre la espesura. Escasas siluetas se desplazan entre las calles, abrazándose al anonimato de la noche. Caminan con prisa y desaparecen entre la bruma. El compás de las ruedas al girar marca un ritmo pesado. La madera de los carruajes cruje con vehemencia, con queja. Los caballos obedecen, no sin displicencia. Las bridas bien sujetas, tensas. La jornada ha sido larga, aunque los días, cortos. Pocas horas de luz en esta época del año. El río aguarda, impasible. En calma. Pequeñas embarcaciones surcan las aguas en dirección este, en busca de la desembocadura. Algunas se preparan para faenar y otras pocas, cargando con un botín meritorio, tratan de alejarse del peligro, hacia la libertad del mar. El frío acompaña cada bocanada de aire, formando un halo de vapor. El humo del tabaco se alza por encima de los sombreros, acompañando tímidamente al carbón de las chimeneas. Algunas figuras se detienen en medio del adoquinado. Se estrechan la mano, intercambian gestos discretos. No se vierten más palabras de las necesarias. Se despiden y continúan su marcha. La gran urbe reduce considerablemente su actividad de noche. La ciudad duerme. Pero él no. Ha sido invitado a una reunión. Con quién, lo presume. Por qué, lo desconoce. Tan solo, lugar y hora. Y una advertencia: no llegues tarde. No era su intención.
Portaba consigo su sombrero y su abrigo, inestimable compañía en cruel invierno y gélida tempestad. Su mejor traje, por supuesto. La ocasión lo merecía. Una bufanda gruesa para acompañar. Cuando salió a la calle, la nieve caía como una fina capa de espuma sobre la ciudad. Tosió ligeramente y salió por la puerta. Comprobó que disponía de tabaco suficiente. Cruzó el Támesis a la altura del Parlamento. El reloj marcaba las once y media. Tenía treinta minutos para llegar. Se apoyó en la luz que le brindaban los coches de caballos a su paso por la avenida principal. Conocía bien la ciudad de noche. No era menester correr más riesgo del necesario. Encendió la pipa para rebajar la ansiedad, potenciar su concentración. No le había dedicado ningún tiempo a deducir quién podría estar detras de todo aquel engorro. El alcalde, por supuesto. Asiduo a organizar reuniones clandestinas a medianoche, lejos de la casa consistorial, habituaba a avisarle con una misiva escueta. Algunos de los ilustres asistentes, presumiblemente: representantes de la cámara de comercio, el mayordomo de la Casa Real y la peor basura de la ciudad cortesía de Scotland Yard, entre otros.
Scotland Yard. Sonrió lacónicamente. Realmente odiaba a esos tipos. Adalid de la corrupción, la gendarmería tenía sus manos metidas en cualquier asunto que pudiera reportarle el más mínimo beneficio a sus arcas opulentas, rebosantes por la ambición desmedida de sus dirigentes. Pero el poder es poder, y al alcalde le interesaba tenerles de su lado. Tres semanas desde la ultima reunión. No era habitual que el regidor convocara estos aquelarres con un periodo de gracia tan corto entre medias. Es cierto que el crimen organizado se estaba moviendo recientemente y los últimos días la serie de homicidios truculentos eran el tema de conversación preferido en los cafés de la ciudad. La incompetencia de Scotland Yard para encontrar al presunto perpetrador de los mismos era razón suficiente para negarles la invitación. Maldita sea, los miserables se estaban enriqueciendo a base de comisiones de las importaciones de bienes desde Escocia. Dejaban atracar a esos rufianes de manera impune a cambio de hacer la vista gorda, llevándoles por un módico precio a buen puerto. De madrugada, claro. Nada como vender mercancía ilegal con un salvoconducto. Ciudad podrida por el dinero. Pero llena de oportunidad para los sagaces. Él también se dedicaba al comercio. Trataba con un bien tan clandestino como antiguo: la información.
Comprobó su reloj de bolsillo. Aligeró la marcha. Apenas le restaban unos minutos y el alcalde era siempre poco transigente con los impuntuales. Cogió un atajo por la calle Victoria y torció hacia un callejón escasamente iluminado. Le saludó un hombre delgado que se cruzó con el. Trazó una forma con su pipa en forma de saludo sin detenerse. Otro cliente, probablemente. Lo cierto es que se había labrado un nombre en la gran ciudad, era bien conocido por las personas poderosas. El resto, en una mayor parte, ignoraba quién era; un mercader acaudalado quizás, por su vestimenta. Los suyos se encargaban de poner el oído en los asuntos más relevantes. Cualquier acuerdo, cualquier movimiento, sus hombres estaban al tanto. Una compleja red de soplos y sobornos de la que se sentía orgulloso, le había llevado años construir su particular imperio. Su trabajo era el más sencillo pero también el mas peligroso: negociar con los sedientos de información, estando al tanto de sus motivaciones y desesperación, aportando todo lujo de detalles a cambio de favores o una buena suma de dinero. A ser posible, ambas. Muchos le debían favores en aquella ciudad. Entre otros, el alcalde, que no era cliente suyo, sino más bien un viejo amigo. Siempre le invitaba a aquellas reuniones, no solo por el poder que ostentaba, también estimaba su presencia. Y él, por supuesto, le tenía a su vez un cierto y adquirido aprecio.
Sin ningún contratiempo, arribó a la Catedral de Westminster a falta de dos minutos. Apagó su pipa, carraspeó, y escupió al suelo, librándose así del desagradable sabor del vicio. Un mal necesario. Sacó la talega del bolsillo interior de su chaqueta y comprobó que ya no le quedaba más tabaco. Aunque no iban a dejarle fumar dentro, se lamentó acordándose de la vuelta. Apagó la pipa, guardándola en el abrigo y se aproximó a la fachada. Un mendigo apoyado sobre una de las columnas del pórtico le murmuró unas palabras a su paso. Asintió deteniéndose, depositando un par de monedas en una boina rasgada haciendo las veces de cesta improvisada. El hombre, cubierto de mantas, ni se inmutó. Se limitaba a mirar al horizonte, vigilando en caso de una nueva materialización a partir de la bruma. Se giró, acompañando su mirada con la propia, y esperó unos segundos. Nada. ¿Era el último en llegar? Volviendo hacia la puerta, se santiguó, y cruzó hacia el interior.
Continuará…

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