La brisa

Una joven avanza decidida hacia una de las mesas. Mira hacia uno de los camareros y tras hacerle este una señal, se sienta en uno de los lugares libres. Se cerciora de que lleva todas sus pertenencias consigo y cierra los ojos, sintiendo como una corriente de aire acaricia su rostro. Voltea su mirada al cielo, al atardecer, y a las copas de los árboles. Las hojas caen copiosamente con el suave empuje del viento. Describen círculos uniformes en su corto viaje hasta el suelo. La superficie sobre la que descansan sus manos se tiñe rápidamente de tonos ocres y anaranjados. No tarda mucho un muchacho en acercarse a ella, y, con un paño, restaurar la banalidad en la mesa. La joven con frugalidad le indica que tomará un café corto. Él le sugiere si quiere entrar adentro, hace frío fuera. Ella sonríe, negando con la cabeza. Esperando su café, se sumerge en su breve soledad. Percibe a la gente que se detiene y se une al resto de clientes del establecimiento. La terraza sigue llenándose y el joven acelera su marcha para mantener a todos atendidos. Su café le llega al rato pero ella no es consciente – sigue observando las hojas de los árboles.

Un hombre enjuto se encuentra sentado en un banco. Sostiene un periódico arrugado y acaricia el dorso de las páginas con sus dedos delgados. Sus piernas se encuentran cruzadas, y su cabeza, reclinada hacia atrás buscando una superficie de apoyo. Sus ojos se desplazan de lado a lado, sus cejas se arquean y sus labios se aprietan. Asiste impasible a un carrusel de formas que brotan de lado a lado y se pierden entre los limites de su visión, fija en el papel. El hombre se afana en su lectura, avanza páginas con diligencia. Ocasionalmente se ayuda de un dedo de la mano, que se lleva a la boca, para separar las páginas. En la otra, conserva uno de los guantes para protegerse del frío, tan habitual en los meses de otoño. Una leve brisa le sobrecoge repentinamente, erizándole el cabello. El hombre detiene en ese instante su lectura, y con cuidado, dobla el periódico por la mitad un par de veces, depositándolo en interior de su abrigo. Alcanza el guante restante y se lo coloca lentamente. Portador ahora de una sonrisa, se incorpora y comienza a andar, desembocando en el inmenso caudal de gente.

De entre el gentío se separa una mujer de avanzada edad, presa de la emoción repentina. Avanza unos pocos pasos, alejándose para poder respirar mejor. Necesita serenarse. El viento le golpea en la cara, jugando con su flequillo plateado. Avanza a pasos rápidos y con energía hacia una zona protegida. Introduce una mano en su bolso para sacar una pequeña tarjeta de visita. La tarjeta tiene un nombre y un número de teléfono, anotados a mano en una esquina. Permanece contemplativa durante unos instantes. Pensativa, se humedece los labios. A su alrededor, ríos de gente discurren por las calles. Finalmente se decide y comienza a marcar el número en su teléfono móvil. Aguarda con nerviosismo. Dirige su mirada hacia el suelo, esperando una respuesta. Al oír la voz de su interlocutor, resume su marcha, perdiéndose sus palabras entre el ruido de la multitud.

El anciano permanece de pie junto al frágil ventanuco. Estrecho y con vetustas vigas de madera, apenas permite el paso de la luz. Un vestigio de una construcción antigua. Toda la vivienda desprende un aroma de frialdad, cómplice de esa pequeña muesca en la pared. No le perturba. La austeridad es placentera para su vista ya cansada. Se encarama a la pequeña ventana y apoya un brazo en el marco. Le gusta la sensación de dominar la ciudad desde las alturas. Observa con detenimiento como pequeñas motas se desplazan en la lejanía describiendo un sinfín de trayectorias aparentemente arbitrarias. Solo en apariencia. Bien sabe él que hay un fin detrás de cada paso que se da. En la gran ciudad nada es por casualidad. De repente un orden inesperado se apropia de todas las formas: parece ser que está lloviendo. Aceleran la marcha y buscan rápidamente refugio bajo su propio edificio, perdiéndose de vista. Es entonces cuando siente la necesidad de sentir la calle una vez más. Pone la mano sobre el pestillo del marco y lo gira cuidadosamente, liberándolo. La madera cruje. Sonríe. Otra sensación familiar. Apoya ambas manos sobre el centro y empuja, abriendo un canal con el exterior. El hombre inclina levemente la cabeza para asomarse y es entonces cuando lo siente una vez más: el perfume de la calle. El humo de las chimeneas, el traqueteo de los coches, el destello de las farolas. Y la lluvia, que repiquetea contra el edificio, golpeando su rostro. Siente un gran alivio que le sube por las piernas. Observa por un tiempo inmóvil. Finalmente, se desploma. El viento entra e inunda todo el cuarto, refrescando la habitación.